Señora Bangura, usted es representante especial del Secretario General desde 2012. La violencia sexual en situación de conflicto ¿existe desde siempre?
La violación en tiempos de guerra es tan vieja como la guerra misma. La encuentra usted por doquier en la historia de la Humanidad, incluso la Biblia y el Corán la mencionan. El desafío consiste en hacer entender al mundo que es un crimen. No se trata simplemente de hombres que quieren probarse que son hombres, no es un acto debido al azar perpetrado por algunos, no es un efecto colateral inevitable de la guerra. Las violaciones son meditadas, planificadas y consumadas. Forman parte de las tácticas de la guerra. Gracias a los estudios y al compromiso de numerosas mujeres, esta cuestión ha llegado por fin a la mesa de negociación del Consejo de Seguridad de la ONU.
¿Cómo trabaja la ONU para poner fin a la violencia sexual en el marco de los conflictos?
En 2008, la ONU adoptó la primera de una serie de resoluciones destinadas a hacer de la violencia sexual una cuestión central para las instituciones garantes de la paz y de la seguridad internacionales. Estos seis últimos años, las Naciones Unidas han trabajado infatigablemente para establecer un marco jurídico global que acabe con la impunidad de los autores de crímenes sexuales en los conflictos armados pasados o actuales.
¿Cuál es su papel en esta lucha?
Mi oficina reúne y coordina el trabajo de los diferentes actores implicados: salud pública, ayuda humanitaria, cooperación al desarrollo, instancias internacionales para la paz y la seguridad. Nosotros trabajamos conjuntamente con los gobiernos y les aportamos nuestro apoyo. Tenemos que hacer comprender a los autores de estas atrocidades que serán castigados por sus actos. Y queremos mostrar a las víctimas que estamos a su lado para proporcionarles la ayuda médica, psicosocial y jurídica que necesitan. En todos los países a los que voy, una de mis prioridades es oír las voces de las víctimas e infundirles la esperanza de que se les hará justicia. En los países en conflicto o que salen de un conflicto, la justicia ha dejado de funcionar. Ayudar a los gobiernos a reconstruir sus sistemas jurídicos es, por tanto, unas de las prioridades de mi oficina. Estamos hablando aquí de sistemas jurídicos sólidos, independientes y que respeten los derechos de las mujeres, puesto que una sociedad que no respeta a las mujeres en tiempos de paz no puede sino maltratarlas en tiempos de guerra. Nosotros enviamos también a expertos a diferentes países con el fin de analizar la ley.
¿Ha podido notar estos últimos años cambios positivos respecto a la percepción de este problema por parte de los gobiernos?
Sí, el mundo se ha despertado y ha entendido que estos crímenes son reales y que dañan profundamente a las personas afectadas. Hoy día, 155 países se han comprometido a luchar contra la violencia sexual en los conflictos. Una de nuestra prioridades es reforzar la voluntad política para luchar contra este flagelo. Hemos firmado, p. ej., acuerdos con la República Democrática del Congo, Somalia y Sudán del Sur. Hay, por tanto, esperanza.
Actualmente están en curso los debates sobre los objetivos para el desarrollo sostenible post-2015, ¿por qué constituye la erradicación de la violencia sexual en los conflictos un elemento clave para luchar contra la pobreza y para lograr un desarrollo sostenible?
El desarrollo sostenible y la lucha contra la violencia sexual son como los pedales de una bicicleta: se necesitan los dos para que funcione. Una sociedad no puede salir de la pobreza y alcanzar su potencial pleno si excluye y anula a las mujeres, que constituyen el 50% de su población. La violencia sexual es responsable directa de la llamada «feminización» de la pobreza. Una mujer que ha sido violada y, por ello, repudiada por su marido y su comunidad, que no tiene ni acceso a la tierra ni a ninguna otra forma de ingresos, no puede alimentar ni educar a sus hijos. Esta mujer se encuentra en una situación de extrema precariedad. Romper el círculo de la violencia sexual y responder a las necesidades urgentes de las víctimas permitirá a las mujeres seguir estando integradas en su sociedad y contribuir al desarrollo sostenible. La erradicación de la violencia sexual en los conflictos es, por tanto, un tema esencial para la Agenda post-2015.
¿Cuáles son las consecuencias de la violencia sexual en tiempos de guerra en las sociedades y para la reconciliación a largo plazo?
Las mujeres violadas siguen estando estigmatizadas y a menudo son repudiadas por cuestiones de honor. Así, cuando se viola a una mujer, se destruye el alma de una comunidad. Esta es en última instancia la intención de los violadores, y esta es también la razón por la que el perdón resulta muy difícil. Un perdón que constituye un gran desafío para la reconciliación y la paz sostenible puesto que la memoria colectiva está viva. Además, las mujeres que quedan embarazadas tras una violación traen al mundo a unos hijos que serán para siempre un recuerdo de la violencia sufrida.
¿Qué sucede con estos niños?
En República Democrática del Congo, visité un hospital para huérfanos. Encontré a 260 niños abandonados por unas madres que no querían este recuerdo vívido de la agresión sufrida. La suerte de estos niños frutos de violaciones ha sido presentada en el último informe del Secretario General. En Bosnia, estos niños son ahora adolescentes; nuestra intención es realizar un estudio para poder entender qué les ha sucedido, cómo viven, cuáles son sus oportunidades y a qué desafíos deben hacer frente.
¿Qué papel pueden desempeñar las mujeres en la resolución de conflictos y en los procesos de paz?
En el mundo entero, las mujeres son voces críticas, garantes de la paz y agentes del cambio. Tienen la capacidad de unir a las personas y de desempeñar el papel de pacificadoras a nivel familiar y a nivel comunitario. Pero, a menudo, no se les deja participar en debates que les conciernen directamente. A fecha de hoy, los procesos de paz se resumen con frecuencia a una reunión de hombres que se redistribuyen el poder. Sin embargo, un proceso de paz podría enfocarse de otro modo: por el interés de las familias y las comunidades, es necesario que las mujeres puedan participar en estos procesos. Para lograrlo, debemos capacitar a más. En los procesos de paz en que la ONU está plenamente implicada, debemos asegurarnos de que su voz sea escuchada; por ejemplo, en el actual proceso de paz en Colombia, hemos logrado que las mujeres y las víctimas estén integradas.