«Con perseverancia y buena voluntad, puede ganarse la batalla contra la pobreza.»

Artículo, 27.08.2015

Hans Rosling, profesor en salud pública de renombre internacional, quiso romper con ciertos prejuicios y ofrecer un rayo de esperanza para el futuro de la población mundial … evitando al mismo tiempo propagar un optimismo sin reservas.

El Profesor Hans Rosling dirigiéndose al público.
El Profesor Hans Rosling presentó al público durante una hora el resultado de sus investigaciones, con gráficos animados. © COSUDE

No puede decirse que el método no fuera original: tras pedir a unos 250 participantes de la Conferencia anual que respondieran a seis preguntas sobre el estado del mundo usando una consola interactiva, el Profesor Rosling mostró que los conocimientos del público en materia de demografía, de índices de vacunación o de esperanza de vida a escala mundial eran casi siempre erróneos. La conclusión era obvia: la ayuda al desarrollo requiere conocimientos sólidos para actuar del mejor modo posible.

Profesor Rosling, su mensaje no podía ser más claro: la información que el público posee en materia de ayuda al desarrollo es insuficiente.

Efectivamente, y yo incluso haría extensiva esta constatación a numerosos profesionales del sector. Los resultados de mis sondeos me resultan sorprendentes no pocas veces. ¿Quién sabe, p. ej., que el índice medio de vacunación contra el sarampión de los niños menores de 5 años es del 87%? ¿Quién puede situar en 70 años la esperanza de vida media de los 7.3 millones de habitantes de nuestro planeta? Muy pocos. Sin embargo, las cifras hablan por sí solas y ahí están os resultados.

En materia de demografía, usted afirma que para 2100 el promedio de dos hijos por pareja habrá pasado a ser la norma, incluso en África.

Tomemos como ejemplo la capital de Etiopía, Addis Abeba: hoy en día, el índice medio de fecundidad es, ahí, de 1,6 niños por mujer. No me cabe ninguna duda de que África pueda superar el desafío de reducir sus niveles de natalidad. Esto no significa que la población disminuirá. Al contrario, se va a duplicar e incluso triplicar en el continente debido al efecto de inercia demográfica y a la mejora general de la esperanza de vida de las poblaciones. En todo caso, con un nivel de educación mejor y con la disminución de la mortalidad infantil, todas las parejas de este planeta acabarán por limitar el número de hijos que traigan al mundo.

Oyéndole a usted hablar, parece que no haya por qué preocuparse.

La gente me ve como un optimista naif, pero se equivoca. Está claro que una guerra, una pandemia o una grave crisis financiera pueden desbaratarlo todo, pero a mí me gustaría contraponer a la amenaza de la «explosión demográfica», frecuentemente invocada, la realidad de las cifras y de los cambios de comportamiento por los que han pasado ya nuestras sociedades occidentales y numerosos países emergentes.

La mayoría de los países han realizado, según usted, más progresos en el campo de la salud que en el de la reducción de la pobreza económica. ¿Cómo se explica esta evolución asimétrica?

Ello se debe a que, en materia de salud, hemos desarrollado con el tiempo nuevas tecnologías, mejores conocimientos, y, sobre todo, hemos acabado por abandonar ciertas políticas estúpidas, como, p. ej., la de incitar a las madres lactantes a utilizar leche artificial o la de prohibir los anticonceptivos y las prácticas abortivas. En este sentido, mi país, Suecia, actuó como un Estado «talibán» hasta las liberalizaciones de 1958. A la inversa, crear instituciones sólidas para garantizar un buen crecimiento económico es mucho más complicado.

Usted admite que en las regiones periféricas de ciertos países persisten las bolsas de extrema pobreza. ¿Qué puede responderse a los pesimistas que piensan que África, especialmente, nunca dejará de tenerlas?

Que acabaremos ganando la batalla. Durante la cresta de la epidemia de Ébola, el Gobierno liberiano me llamó para analizar la evolución de la epidemia y para ayudarle en la gestión de la crisis. Me quedé admirado de la gran profesionalidad de un puñado de altos responsables del ministerio de salud. Y también comprendí hasta qué punto era necesario atemorizar a los ricos del Norte para que pusieran a disposición de los países del Sur recursos reales. Cuesta decirlo, pero al final valió la pena. Y la conclusión que yo saco de ello es que con perseverancia y buena voluntad, también podrá ganarse la batalla contra la pobreza. Hay que invertir sobre todo en los países y regiones frágiles.

Es lo que hace la COSUDE, y con ella otros muchos donantes.

Pero con esto no basta. Explíqueme usted por qué los más pobres reciben menos ayuda pública que los habitantes de los países emergentes. Las cifras, una vez más, revelan que la comunidad internacional desembolsa menos ayuda pública para la República Centroafricana que para China. Este es un auténtico problema que debe hacernos pensar.